Han pasado 25 años desde aquella tarde invernal del 29 de julio del 2000 en la que René Favaloro decidió poner fin a su vida con un disparo al corazón. Sí, al corazón. Como si incluso en el acto más desgarrador hubiese querido dejar un mensaje. Él, que lo estudió como nadie. Él, que lo reconstruyó una y otra vez, devolviendo vidas con manos firmes y alma limpia. Pero no pudo más. Y su muerte, como su vida, nos sigue interpelando.

Porque Favaloro no se murió, a Favaloro lo mataron. Lo mató un sistema que castiga al que hace y premia al que roba. Lo mató una Argentina que se llenó la boca hablándole de ética, pero lo dejó mendigando cheques. Lo mató la indiferencia de los poderosos y la miseria moral de muchos. Lo mató la vergüenza de ver cómo se premiaba a los ladrones de guante blanco mientras él, un prócer vivo, tenía que suplicar por fondos para sostener su Fundación.
Favaloro es uno de esos casos extraños, rarísimos, en los que el nombre no necesita adornos. No hace falta decir “doctor”, ni “renombrado cardiocirujano”, ni “creador del bypass”. Favaloro es Favaloro, como si su apellido fuera sinónimo de coherencia, esfuerzo, honestidad. Una figura casi bíblica que eligió la medicina para servir, no para enriquecerse. Que se formó con excelencia, vivió con austeridad y murió con dignidad. Dijo una vez que “en este país, los honestos tienen que dar más explicaciones que los corruptos”, y no estaba haciendo una metáfora: lo decía con el cansancio de quien ya lo había vivido en carne propia.
La carta que dejó es un documento doloroso, porque no es un grito de bronca: es un testamento moral. Pide disculpas, agradece, saluda. No reclama venganza. Pide que sus órganos sean donados. Todavía pensaba en los demás. En el momento más íntimo, en el acto más humano y final, pensaba en los otros. Esa es la diferencia entre Favaloro y casi todos los que toman decisiones en este país.
Recordarlo hoy, a 25 años, no es hacer un repaso biográfico. No hace falta. Todos sabemos quién fue. Lo importante es preguntarnos qué hicimos con su legado. La Fundación que él soñó sigue de pie, pero sin el respaldo que merece. Su ejemplo es citado por todos, pero imitado por muy pocos. Cada gobierno lo ha nombrado, lo ha homenajeado, lo ha usado como bandera. Pero ¿quién siguió su camino? ¿Quién tomó su ejemplo como norte en vez de usarlo como excusa?
Favaloro creía en la educación pública, en la medicina de excelencia, en un país justo y ético. Y lo decía con una claridad que desarmaba cualquier cinismo. No jugaba al progresista de ocasión ni al patriota de redes sociales. Era. Hacía. Enseñaba. Sanaba. Y cuando necesitó ayuda, cuando su Fundación tambaleaba, nadie apareció. Y no hablamos de privados solamente. Hablamos del Estado, de un Estado ausente cuando más se lo necesitaba. Porque para los gobiernos de turno, Favaloro era incómodo. No se callaba. No aceptaba sobres, no transaba, no servía para la foto. Era un espejo, y en él, la mayoría se veía sucia.
Veinticinco años después, su muerte sigue doliendo como el primer día. Pero también nos da una oportunidad. Una oportunidad de mirarnos y decidir si vamos a seguir viviendo en un país donde el que roba sonríe en los noticieros y el que trabaja muere con deudas. Si vamos a seguir premiando al vivo y castigando al justo. Si vamos a resignarnos a que los favaloros siempre terminen solos, aplaudidos por la tribuna y olvidados por el poder.
Hay una Argentina que todavía se emociona con su nombre. Que ve en él lo que podríamos ser y no somos. Esa Argentina existe. Está en los médicos de hospital que dan todo con poco. En los maestros rurales que cruzan ríos para enseñar. En los vecinos que ayudan sin esperar nada. Favaloro vive en ellos. Vive en cada acto ético, en cada gesto anónimo de bien.
A 25 años de su muerte, Favaloro no necesita homenajes. Necesita imitadores.
Y ojalá que no tengamos que seguir explicando por qué defendemos a los honestos, mientras los corruptos se sacan selfies en actos oficiales.
Porque si algo nos enseñó Favaloro es que la honestidad no es una virtud romántica: es una obligación patriótica.


