Columna por: Joel Mutti
En los últimos días volvieron a aparecer en distintos establecimientos educativos del país mensajes escritos en baños, paredes o pupitres anunciando supuestos tiroteos. El formato suele repetirse: una frase breve, una fecha, a veces una hora, y la promesa de una escena de violencia extrema. Después llega lo conocido: suspensión de clases, intervención policial, familias angustiadas, docentes intentando contener, estudiantes con miedo y una comunidad entera alterada por algo que muchos despachan rápidamente como “una travesura”.
Pero reducirlo a una simple broma adolescente es, quizás, una forma cómoda de no mirar el problema de fondo.
Es cierto que muchas de estas amenazas no tienen detrás un plan concreto. En la mayoría de los casos no hay armas, no hay organización ni intención real de ejecutar un ataque. Sin embargo, eso no significa que no haya nada para analizar. Porque aun cuando se trate de una acción impulsiva, el hecho de elegir esa forma de expresión dice mucho sobre el tiempo que vivimos.
Hace algunos años, una amenaza escolar podía consistir en romper algo, activar una falsa alarma o dejar un mensaje insultante. Hoy aparece la figura del tiroteo. ¿Por qué? Porque esa imagen ya forma parte del paisaje cultural contemporáneo. Ingresó por las noticias, por las redes sociales, por las series, por los videojuegos, por la repetición permanente de escenas violentas y por una conversación pública cada vez más atravesada por el lenguaje del odio y la confrontación total.
Vivimos en una época donde la violencia dejó de ser excepcional para convertirse en espectáculo. Los noticieros la usan como mercancía emocional. Las redes la convierten en tendencia. La política muchas veces la normaliza. Se grita más de lo que se argumenta. Se humilla más de lo que se debate. Se amenaza más de lo que se dialoga.
Y los chicos, los adolescentes, miran todo eso.
No viven en una burbuja. Escuchan a dirigentes insultar adversarios, ven a funcionarios celebrar la crueldad como gesto de fortaleza, observan cómo la agresión verbal obtiene likes, cámaras y repercusión. El propio Presidente, en numerosas oportunidades, ha hecho de la descalificación personal y la lógica amigo-enemigo una forma central de comunicación. No es un fenómeno exclusivo de una figura política ni de un espacio determinado, pero cuando quien ocupa la máxima responsabilidad institucional habla desde la violencia simbólica, el mensaje social es poderoso: la agresión rinde.
La escuela no queda afuera de ese clima. Lo absorbe.
Entonces, cuando aparece una amenaza de tiroteo, no estamos solamente frente a una picardía. Estamos frente a un síntoma. La manifestación torpe, peligrosa y alarmante de una época que ofrece pocas herramientas para tramitar el malestar de otro modo.
Muchos adolescentes cargan angustias silenciosas: ansiedad, soledad, presión social, problemas familiares, frustración, sensación de futuro incierto. A eso se suma una hiperconexión que los expone de manera constante a comparaciones, burlas, hostigamiento y necesidad de validación. En ese contexto, algunos actos aparecen como gritos desordenados para llamar la atención, para interrumpir la rutina, para producir impacto donde sienten que no tienen voz.
La amenaza se vuelve mensaje.
No necesariamente mensaje ideológico ni plan criminal, sino mensaje emocional: “algo pasa”, “miren esto”, “no estamos bien”, “necesito que algo explote porque yo no sé cómo decir lo que me pasa”. A veces será bronca, otras aburrimiento, otras deseo de protagonismo, otras pura imitación. Pero rara vez es solamente nada.
También hay un componente de contagio social. Cuando un caso se difunde durante horas en televisión y redes, otros toman nota. Descubren que una frase anónima paraliza una escuela, moviliza patrulleros, ocupa titulares y pone a todos a hablar de eso. En una sociedad donde ser visto parece imprescindible, incluso el miedo puede convertirse en herramienta de visibilidad.
Por eso la respuesta no puede limitarse a buscar culpables y aplicar sanciones. Claro que debe investigarse, actuar con seriedad y proteger a la comunidad educativa. Los protocolos son necesarios. Pero si solo respondemos con castigo, seguiremos llegando tarde.
Hace falta reconstruir espacios de escucha en las escuelas. Equipos de orientación fortalecidos. Docentes acompañados. Familias presentes. Salud mental accesible. Educación emocional que no sea un slogan. Y, sobre todo, una dirigencia política y mediática consciente de que cada palabra construye clima social.
No se trata de censurar conflictos ni esconder diferencias. Se trata de entender que una sociedad que naturaliza la violencia como lenguaje termina viendo cómo ese idioma reaparece en sus lugares más sensibles.
Las amenazas de tiroteo en escuelas asustan porque ponen en escena una pesadilla importada, una imagen extrema que parecía ajena. Pero también deberían interpelarnos por otra razón: muestran que nuestros chicos están hablando con las herramientas que les estamos dejando.
Y si el idioma dominante es el odio, no debería sorprendernos que algunos lo escriban en la pared de un baño.


