Lo de Mar del Plata dejó tela para cortar. Y no precisamente porque la costa estuviera agitada: la marejada vino desde otro lado. En la Derecha Fest, mientras el aire se llenaba de consignas libertarias con unas 7.000 personas compartiendo un momento magnífico de militancia , apareció un operativo que rozó lo grotesco, un acting celestial de baja estofa dirigido por ese pequeño Sanedrín digital que algunos llaman “las fuerzas del cielo”, pero que en rigor funciona como La Cámpora VIP: mismas prácticas, distinto color.

El objetivo de la maniobra fue Sebastián Pareja, presidente del partido a nivel provincial. Nada menos. Y ahí es donde uno piensa: ¿de verdad es necesario embarrar ese cargo con recursos tan elementales? Porque una cosa es la interna —la política sin internas sería como un asado sin fuego—, pero otra es disfrazar una operación de espontaneidad juvenil, enviar un grupito de “fieles celestiales” a intentar empujar un escrache barato y creer que nadie se da cuenta.
La escena fue digna de un sketch: la “emboscada improvisada” que se había guionado la mano tuitera de Santiago Caputo terminó siendo cualquier cosa menos espontánea. Parecía un casting fallido de extras contratados para un spot electoral. Gente que nunca había visto a Pareja en su vida tratándolo como si fuera el villano final de un videojuego. Eso sí: cuando la cámara prendía, cambiaba el tono. Cuando la gente real —no los designados del cielo, sino los de a pie— lo vio, la reacción fue la opuesta: aplausos, reconocimiento, fotos. Ahí sí había legitimidad. Ahí sí había política, no marketing místico.
Porque este es un punto que la tribu celestial parece no entender: afuera de Twitter la vida sucede de otra manera. La demonización de Pareja habita únicamente en esos hilos diseñados para generar espuma y en los seguidores obedientes de un par de operadores digitales que creen que gobernar es administrar un club de fans. Afuera, en la calle, en los actos, en los recorridos, en la política real, Pareja tiene trayectoria, tiene presencia y tiene aceptación. No es un holograma tuitero: es un dirigente que puso el cuerpo y que acompañó al espacio mucho antes de que las fuerzas sarsas tuviera likes suficientes para creerse indispensables.
Durante el recorrido con Javier Milei en la costa, la foto fue clara: ovaciones, saludos, gente frenándolo para capturar el momento. Cero rechazo, cero hostilidad. Todo lo contrario a esa caricatura que intentan instalar desde las cuevas digitales. Pero claro, es más fácil construir un enemigo que discutir poder. Es más cómodo armar una linchita planificada que aceptar que el otro también suma, también pesa y también representa algo.
Lo ocurrido en la Derecha Fest no fue una interna. Fue una operación. Una torpe, además. Y lo más triste es que es exactamente el tipo de maniobra que este espacio vino a denunciar durante años: el carpetazo disfrazado de épica, el escrache manufacturado, el intento de cancelar al que no responde a tal o cual gurú del teclado. Cambian la remera, pero las prácticas siguen siendo las mismas. Y eso, para quienes prometieron enterrar la vieja política, es un bochorno.
La conclusión es sencilla: si la nueva política quiere ser realmente nueva, tiene que abandonar estas mañas de conventillo. La ciudadanía no es tonta, la militancia no es un ejército de bots con pulóver, y los dirigentes con recorrido no se destruyen con tres pibes gritándoles consignas dictadas desde Telegram.
Lo del Derecha Fest no mostró debilidad en Pareja. Mostró debilidad en quienes necesitan estas puestas en escena para sentirse parte del poder. Y cuando las fuerzas del cielo actúan con las miserias de siempre, lo único que queda claro es que, por más brillos y emojis que usen, siguen siendo la vieja política.
Escribe
Sebastián López




