Cumplen tareas de lunes a viernes, se levantan temprano y recorren las calles realizando trabajos que forman parte de la vida cotidiana de la ciudad. A fin de mes, según el testimonio recogido por este medio, perciben alrededor de $180.000. Detrás de esa cifra hay familias, alquileres, hijos y una pregunta difícil de esquivar: ¿hasta qué punto puede llamarse trabajo a una ocupación que no alcanza siquiera para garantizar condiciones elementales de vida?
La Real Academia Española define la desidia como “negligencia” o “falta de cuidado”. La palabra proviene del latín desidia y remite, en definitiva, a una idea bastante sencilla: dejar estar aquello que debería ser atendido.
Y a veces hay que llamar a las cosas por su nombre.
También quienes hacemos comunicación tenemos una responsabilidad. No alcanza con contar inauguraciones, actos oficiales, anuncios o declaraciones. Hay realidades menos cómodas que también merecen ocupar espacio, especialmente cuando detrás de ellas hay vecinos que trabajan todos los días y, aun así, continúan haciendo cuentas para llegar a fin de mes.
¿Por qué hablar de esto ahora?
Porque son situaciones que muchos conocen, otros quizás no, pero que existen desde hace tiempo. Y precisamente por eso creemos que existe una obligación periodística de visibilizarlas.
No para utilizar la necesidad de nadie como herramienta política, ni para convertir una historia personal en un golpe efectista. Sino para poner sobre la mesa una realidad que merece ser discutida: el reconocimiento de quienes trabajan y el derecho a recibir una remuneración que les permita vivir dignamente de ese trabajo.
A veces lo cotidiano corre el riesgo de volverse normal simplemente porque se repite. Y que una persona trabaje durante todo el mes por un ingreso que no alcanza para cubrir las necesidades básicas no debería naturalizarse por el solo hecho de que ocurra desde hace años.
Visibilizar también es reconocer. Es ponerle rostro a una cifra y recordar que detrás de cada programa, cada partida presupuestaria y cada decisión administrativa hay personas concretas. Personas que trabajan, que tienen hijos, que pagan alquileres, que compran alimentos y que, como cualquiera, aspiran a construir un futuro un poco mejor.
Hablamos de personas que realizan tareas en el marco de programas o subsidios de trabajo. Trabajan de lunes a viernes durante todo el mes. Muchas comienzan su jornada alrededor de las seis de la mañana. Algunas deben dejar a sus hijos al cuidado de familiares para poder salir a cumplir con sus obligaciones.
No hablamos de alguien que recibe dinero sin hacer nada. Hablamos de trabajadores y trabajadoras que limpian calles, cumplen horarios y realizan las tareas que les son asignadas.
Y, según los testimonios recogidos por este medio, algunos reciben aproximadamente $180.000 mensuales.
Detrás de esa cifra hay una discusión que excede cualquier estadística. Porque quien cobra ese dinero también tiene que pagar un alquiler, comprar alimentos, mantener una vivienda, vestir a sus hijos y afrontar los gastos cotidianos de cualquier familia.
La cuenta, sencillamente, no cierra.
“No tengo otro trabajo. Hago esto hace mucho tiempo y le pongo todo de mí. Limpio cada una de las calles que me asignan”, contó a este medio una trabajadora que pidió preservar su identidad.
“Trabajo de lunes a viernes y me pagan casi $180.000. Tengo dos hijos y una casa que mantener”, agregó.
Su historia expone otra cara del problema: lleva años realizando estas tareas y, según relata, durante ese tiempo no recibió una propuesta que le permitiera acceder a una relación laboral formal y a un ingreso suficiente.
Pero incluso la formalización, advierte, no resolvería por sí sola el problema si el salario continuara siendo igualmente bajo.
“Si me dan un contrato por la misma plata, ¿qué hago? Yo cobro una pensión que me ayuda a mantener a mi familia. Si el sueldo fuese digno, una puede desprenderse de esa pensión. Pero seamos realistas: no se hace nada con este dinero. Entre esto y nada, es preferible tenerlo”, explicó.
Quizás allí esté la frase más dura de toda esta historia: “Entre esto y nada”.
Porque cuando las posibilidades se reducen a aceptar un ingreso insuficiente o quedarse sin nada, la discusión sobre la libertad para elegir un trabajo empieza a volverse bastante más compleja.
No se trata de cuestionar la necesidad de estos programas ni de desconocer que, para muchas familias, ese ingreso puede resultar indispensable. Se trata de preguntarnos qué sucede después. Cuánto tiempo una persona puede permanecer en esa situación. Qué posibilidades reales tiene de progresar. Y qué políticas existen para que una ayuda concebida como respuesta ante una necesidad no termine convirtiéndose en una precariedad permanente.
La responsabilidad de una gestión pública no debería agotarse en poder decir que determinada cantidad de vecinos tiene una ocupación. También debería preguntarse en qué condiciones trabajan, cuánto reciben por hacerlo y qué horizonte se les ofrece.
Porque detrás de cada número hay alguien.
Hay una madre que se levanta temprano. Hay hijos que esperan en casa. Hay una persona que barre una calle mientras piensa cómo pagará el alquiler. Hay trabajadores que, pese a cumplir durante todo el mes, siguen dependiendo de otras ayudas para sostener a sus familias.
La crisis económica puede explicar parte del escenario. La falta de empleo privado también forma parte de una realidad mucho más amplia que cualquier municipio. Pero esas circunstancias no deberían servir para naturalizar que trabajar de lunes a viernes y cobrar $180.000 sea considerado un destino aceptable.
Una política social puede contener una emergencia. Lo preocupante comienza cuando la emergencia se vuelve permanente y no aparece un camino de salida.
Porque gobernar también significa ocuparse de aquello que resulta incómodo mirar.
Y cuando durante años una persona trabaja, cumple y continúa atrapada entre un ingreso que no alcanza y el miedo de quedarse sin nada, la palabra desidia deja de ser solamente una definición de diccionario.
Se convierte, al menos, en una pregunta que la gestión municipal debería responder.
