En la víspera del Día del Maestro, conversamos con María Celia “Maricel” Azurmendi, profesora de Literatura y docente jubilada, sobre una vida atravesada por las aulas. Los comienzos casi por casualidad, los cambios que experimentó la escuela, la relación con los adolescentes, la irrupción de la tecnología y una preocupación que permanece intacta aun después del retiro: qué educación estamos construyendo para las próximas generaciones.
Hay profesiones que terminan cuando llega la jubilación y otras que, de alguna manera, continúan acompañando a quien las ejerció durante toda su vida. Para María Celia Azurmendi, la docencia pertenece definitivamente al segundo grupo.
Maricel, como la conocen muchos de quienes compartieron con ella las aulas, es profesora de Literatura y desarrolló parte de su trayectoria en la Escuela de Educación Agraria N°1 y la Escuela de Educación Media N°1. Su llegada a la profesión, sin embargo, estuvo lejos de responder a un plan trazado desde siempre.
“Fue por casualidad”, reconoce al recordar aquel momento. No estaba conforme con el trabajo que tenía y decidió volver a estudiar. Revisando la Guía del Estudiante encontró el Profesorado de Castellano, Literatura y Latín, que se dictaba en Azul. Tenía familiares allí y Castellano había sido una de sus materias preferidas. Se anotó.
Lo que todavía no sabía era lo que vendría después: “Me iba a enamorar perdidamente de la literatura y, tiempo después, de la docencia”.
Una profesión que también se aprende de los alumnos
Azurmendi recuerda sus años de formación como una de las etapas más felices de su vida. Fueron tiempos de mucho estudio y lecturas, pero también de ilusiones y amistades. Sus primeros pasos profesionales llegaron en Benito Juárez, donde trabajó en tres establecimientos con realidades diferentes.
De aquellos años conserva proyectos, experiencias y, especialmente, vínculos. Algunos sobrevivieron largamente al paso del tiempo: todavía hoy antiguos alumnos le hacen llegar mensajes recordando momentos compartidos.
Y quizás allí aparezca una de las dimensiones menos cuantificables de la tarea docente. No está en una calificación, un programa cumplido o una estadística educativa. Está en aquello que permanece en una persona muchos años después de haber dejado el aula.
A lo largo de su carrera, Maricel trabajó siempre con adolescentes. Y aprendió que para enseñar también había que escuchar.
“Muchas veces, el escucharlos ya era la ayuda”, resume.
Para ella, la autoridad docente tampoco puede imponerse únicamente por el lugar que alguien ocupa frente al curso. Se construye diariamente a partir del conocimiento, el trabajo, el compromiso, el ejemplo y el respeto.
“El alumno respeta al profesor que sabe, que trabaja y que los respeta”.
La escuela cambia porque la sociedad cambia
Después de décadas frente a estudiantes, Azurmendi observó numerosas transformaciones. Algunas económicas, otras culturales, políticas y tecnológicas. Para ella existe una certeza: cualquier cambio social termina ingresando a la escuela, porque la escuela es también un reflejo de la sociedad.
Cuando las dificultades económicas aparecieron, recuerda docentes recurriendo con mayor frecuencia a los libros de las bibliotecas, acercando fotocopias o incorporando archivos digitales para garantizar el acceso al material.
También cambió el vínculo entre estudiantes y profesores. Frente a aquella vieja escuela donde la palabra docente podía convertirse en “verdad absoluta” y la educación incluso ejercerse desde el miedo, rescata que actualmente los alumnos puedan expresar sus puntos de vista y participar en la construcción del conocimiento.
Pero eso no significa, para ella, que todo lo anterior deba descartarse.
De aquella escuela recuperaría tres cuestiones: el valor del conocimiento, la responsabilidad de todos los actores de la educación y el esfuerzo necesario para alcanzar los objetivos.
En esa tensión entre lo nuevo y aquello que considera necesario recuperar aparece buena parte de su mirada sobre la educación actual.
Tecnología e inteligencia artificial: herramientas, no reemplazos
La pandemia marcó otro punto de inflexión. Aunque la tecnología ya llevaba años dentro de las instituciones, Azurmendi reconoce que fue durante ese período cuando tuvo su verdadero acercamiento.
Su evaluación es contundente: bien utilizada, la tecnología “salvó la educación” en aquel momento.
Pero el avance tecnológico también plantea nuevos interrogantes. Primero fueron las búsquedas en Google; ahora, la inteligencia artificial permite producir contenidos de una manera hasta hace poco impensada. Para Maricel, el problema no está necesariamente en las herramientas, sino en utilizarlas sin el conocimiento necesario para comprender, evaluar y elaborar aquello que producen.
“Son herramientas fabulosas”, sostiene, pero reivindica el lugar del ser humano como aquel capaz de pensar, sentir y razonar.
“La educación me sigue doliendo”
La jubilación no significó indiferencia. Al contrario.
“Aunque esté jubilada, la educación me sigue doliendo y preocupando”, afirma.
Le preocupan los jóvenes que parten para continuar estudios terciarios o universitarios y regresan porque sienten que no estaban preparados. Le duelen las expresiones que desvalorizan a los docentes y también conocer casos de profesionales que abandonan las aulas para priorizar su salud.
Su mensaje hacia quienes diseñan las políticas educativas nace, precisamente, de una vida dentro de las instituciones: pide que abandonen por un momento los escritorios y recorran los salones, que comprendan que cada distrito posee características particulares y que las decisiones contemplen esas realidades.
Sobre todo, reclama políticas que cuiden al docente.
Porque, pese a las dificultades y las críticas, conserva una convicción fundamental: “La escuela sigue siendo el mejor lugar para nuestros chicos, pero una escuela sana”.
Lo que queda después de enseñar
Cuando se le pregunta qué podría decirles a quienes hoy están comenzando su camino docente, evita ubicarse en el lugar de quien da consejos. Prefiere expresar un deseo: que quienes estén frente a un aula lo hagan por vocación; que no permitan que la profesión sea minimizada o desvalorizada y que puedan enseñar con compromiso y amor.
“La docencia no debe sufrirse, debe disfrutarse”, dice.
La entrevista, de algún modo, terminó convirtiéndose también para ella en un ejercicio de memoria. Volver sobre aquellas primeras decisiones, los años de estudio, los cursos, los adolescentes, los cambios de la escuela y las personas que pasaron por sus clases significó observar nuevamente el camino recorrido.
Y al hacerlo encontró una medida particular para evaluar toda una carrera.
“La docencia es una de las pocas profesiones que valen la pena sólo por lo que pudiste dejar en tus alumnos. Que aún después de 30 años haya personas que se acuerden de los momentos compartidos es un premio que valoro cada día”.
Pero su reflexión final rompe con la idea de que en un aula solamente aprende quien ocupa el banco.
Maricel también agradece a sus alumnos. Reconoce que fueron ellos quienes muchas veces consiguieron modificar sus puntos de vista, incluso aquellos que alguna vez habían sido cerrados o intransigentes.
“Ellos me educaron”, asegura.
Quizás por eso, después de tantos años dedicados a enseñar Literatura, elige cerrar su recorrido regresando a las palabras. Recuerda una idea de Eduardo Galeano que acompañó su manera de entender la educación: “La única manera de educar es estar dispuesto a aprender del otro”.
En la víspera de un nuevo Día del Maestro, la historia de María Celia Azurmendi deja entonces una definición que excede cualquier homenaje de calendario: enseñar no es solamente transmitir aquello que uno sabe. También es escuchar, construir vínculos, aceptar los cambios y conservar la disposición a seguir aprendiendo, incluso —y especialmente— de aquellos a quienes alguna vez nos tocó enseñar.

