Hay historias que nacen en silencio, casi sin que nadie las anuncie. Historias pequeñas, simples, cotidianas. Pero que tienen algo especial. Algo que emociona. Algo que hace detenernos unos minutos para mirar más allá de lo habitual. Y eso pasa con Bastián Escoberou, un niño ayacuchense que, poco a poco, comienza a escribir sus primeras páginas arriba de un escenario.
Bastián es el hijo menor de Sergio Alfredo Escoberou, aunque para la mayoría de Ayacucho simplemente es “Nery”. Un artista popular, querido, dueño de una voz reconocida y de esa energía que logra transformar cualquier noche en una fiesta. Muchos lo comparan con Rodrigo Tapari por su estilo, su entrega y el carisma con el que enfrenta cada presentación. Pero esta vez no venimos a hablar de él, sino de quien empieza a caminar detrás de sus pasos.
Bastián, hijo también de Marta Aguirre, lleva un nombre con significado fuerte. Es una variante de Sebastián, de origen griego, derivado de la palabra Sebastós, que significa “venerable”, “respetado”, “honorable”. En la antigüedad era un título reservado para personas dignas de admiración.
Y quizá, aunque todavía sea apenas un niño, algo de eso ya tiene.
Porque este pequeño logró despertar admiración genuina en quienes lo ven subir al escenario. Hace varias semanas acompaña a su papá en las noches del resto bar “La M”, y entre canciones, aplausos y miradas cómplices, comenzó a ganarse un apodo que en Ayacucho ya empieza a escucharse cada vez más fuerte: “El Mini Potro”.
No es casualidad.
Hay un momento particular del show donde todo cambia. Nery le entrega el micrófono y Bastián avanza unos pasos. Entonces ocurre algo difícil de explicar. El niño se planta frente al público con una seguridad que sorprende. Como lo hacía Rodrigo Bueno antes de hacer explotar el escenario. Quieto, firme, con esa mezcla de nervios y valentía que sólo tienen quienes sueñan de verdad.
Y la gente lo siente.
Porque detrás de ese gesto no hay actuación. Hay ilusión. Hay pasión. Hay un chico que juega a ser cantante, sí, pero también un chico que parece entender que los sueños no llegan solos. Que hay que animarse a buscarlos.
Vivimos tiempos donde muchas veces los chicos crecen demasiado rápido o quedan atrapados en pantallas, rutinas y distracciones. Por eso emociona encontrar a un niño decidido a perseguir algo tan inmenso como un escenario. Emociona verlo cantar, mirar al público, aprender, equivocarse, volver a intentar.
Porque los sueños empiezan así. Con pequeños pasos.
Alguna vez Rodrigo también fue apenas un chico con ilusiones. Un niño que imaginaba multitudes antes de conocerlas. Y seguramente nadie podía asegurar hasta dónde iba a llegar. Pero tuvo algo fundamental: comenzó.
Y Bastián ya comenzó.
Tal vez todavía falte mucho camino. Tal vez el tiempo diga qué lugar ocupará la música en su vida. Pero hay algo que nadie puede quitarle: el valor de animarse.
Por eso esta nota no es solamente sobre un niño que canta. Es sobre esos pequeños grandes talentos que aparecen en los pueblos y que merecen ser acompañados. Porque detrás de cada artista hay siempre una primera oportunidad, una primera canción y alguien que decidió creer.
Hoy Ayacucho tiene a su “Mini Potro”. Un chico que todavía sueña en grande y que, micrófono en mano, ya empezó a volar.



